Frío. Un cuento de miedo.

Frío. Un cuento de miedo.

La primera noche en la casa apenas pegó ojo. No porque no estuviera acostumbrada a los ruidos del centro de la ciudad. De hecho, la ausencia de ruido era lo que verdaderamente no le dejaba dormir. Su nuevo barrio, en pleno centro, era un hervidero de estudiantes y de hordas de turistas y, sin embargo, una extraña inquietud la acompañó toda la noche. Afortunadamente, el piso había sido una ganga, aunque fuera un cuarto sin ascensor de un edificio de más de cien años. Aún no podía creérselo. Menos mal que su hermano Óscar le ayudó a agilizar los trámites de la hipoteca: La hipoteca, un tema para mantenerse con los ojos abiertos como faros. Pero merecía la pena. En algún momento de la interminable noche se debió de quedar dormida. Cuando despertó muerta de frío ya estaba amaneciendo. Como había madrugado más de lo habitual pudo ducharse relajadamente y, al prepararse su primer café en el piso, notó que la noche anterior se había dejado la ventana del patio abierta. Eso explicaba lo del frío, aunque realmente ese mes de octubre estaba siendo muy cálido. Salió de casa hacia el trabajo, también allí hacía frío. En el primer rellano de la escalera tropezó con una vecina que contemplaba el patio desde una ventana abierta. La mujer no respondió a sus buenos días pero le dirigió una mirada opaca. También en su antiguo edificio había vecinos bastante antipáticos.

Volvió tarde. Después de salir del trabajo había ido a casa de Paty a recoger a Ruso, su gato amigo desde hacía más de seis años. Había querido mantenerlo alejado de todo el vaivén de la mudanza. Después de cómo se comportó tras la separación, prefería mantenerlo alejado de todo aquel estrés. Cuando llegó a casa estaba demasiado cansada como para ir a la búsqueda del super del barrio, ya haría averiguaciones el fin de semana. Cerró la puerta con la llave desde dentro, costumbre que le había heredado de su ex. Dejó el transportín en el suelo y se apresuró a sacar a Ruso, que se movía inquieto desde que habían cruzado la puerta. Su primera reacción fue tratar de volver a cruzarla. Ya se acostumbraría, tenía que darle tiempo.

Esa noche sus vecinos de abajo se lo estaban pasando realmente bien. Es lo que tienen esos pisos antiguos dónde el entramado de madera cruje y se pueden oír claramente las desdichas o alegrías de los otros. Las risas y los jadeos le hicieron sentir un repentino vacío. No es que no lo viera venir,  mirando con perspectiva, su relación llevaba siglos en coma. No recordaba cuando había disfrutado por última vez de esa manera y contemplaba el futuro de forma pesimista a ese respecto. Al menos tenía a Ruso, que dormía acurrucado junto a su cabeza en la almohada. No se había separado de ella desde que llegaron, ni siquiera había inspeccionado la nueva casa.

De nuevo despertó helada. Tenía que buscar la funda nórdica en alguna de las cajas. Sin embargo estaba segura de haber dejado la ventana del patio cerrada ¿o no? Le costó un triunfo mantener a Ruso dentro de la casa cuando salió hacia el trabajo. Se giró… y allí estaba otra vez aquella señora contemplando el patio desde la ventana abierta del rellano. La misma mirada opaca en respuesta a su saludo. Esta vez se dio cuenta de que no era tan mayor como le había parecido el día anterior. Rondaría los setenta, pero el pelo canoso recogido en un moño algo descuidado sobre la nuca le daba un aspecto de anciana.

 

A las cinco semanas ya había hecho progresos en ciertos aspectos de su nueva vida. Tenía un par de tiendas localizadas para abastecerse de todo lo necesario, tarea nada fácil entre tanto restaurante y tienda de souvenirs. Había conseguido ganarse la confianza de la portera e incluso conocer a algunos vecinos que parecían agradables. Entre ellos estaba Sira, una profesora de danza del vientre que rondaba los cincuenta, pero que aparentaba diez menos. Y el vecino de abajo, un guaperas de unos treinta siempre trajeado y con una gran actividad nocturna. Ambos vivían en el tercero. Sin embargo había otros aspectos en los que parecía haberse estancado. Ruso no le había dado un día de tregua desde que se habían mudado. Estaba siendo mucho peor que las semanas después de la separación. Ahora no sólo hacía sus necesidades fuera del arenero, también arañaba los muebles sin piedad. Era un milagro que no hubiera tratado de escapar aún por la ventana del patio que invariablemente aparecía abierta todas las mañanas. Y lo peor es que seguía sin dormir bien. La falta de sueño le jugaba malas pasadas y, cuando por fin conseguía dormirse, despertaba repentinamente helada y notando una presencia en el dormitorio. Hasta había empezado a tener miedo. Estaba tan agotada que ni siquiera se preocupaba ya de saludar a su extraña vecina.

Una tarde de sábado de finales de noviembre llamaron a la puerta. Era Ana, una chica risueña que se presentó como su vecina de enfrente y que tras dudar un momento aceptó tomar un café en la casa. Ana le contó que estaba de vuelta de Turín. El piso dónde vivía había sido de su abuela y ahora sus padres se lo dejaban por un ridículo alquiler. ¿Quién sería entonces la señora del rellano con la que debía vivir? Cuando finalmente le preguntó, a Ana le cambió la expresión de repente, dijo encontrarse mal y, sin más, se escabulló en su piso. Pasado un rato Ana volvió a llamar a la puerta, pero esta vez no entró. “No sé cómo decirte esto”– empezó en voz baja-“¿Nadie te ha contado nada de esta casa?”– Al no obtener respuesta siguió: “La señora que me has descrito, la señora del rellano, no cabe duda, es la antigua dueña de tu piso. El caso es…”-continuó Ana- “que se suicidó hace un año, se tiró desde la ventana de la cocina”.

Por |2018-09-06T07:09:23+00:00octubre 27th, 2017|Microrelatos|Sin comentarios

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