Confesiones.

No tengo remedio. Otra vez igual, he vuelto a caer en un amor platónico.

Podría decir en mi defensa  que siendo una persona enormemente tímida y esencialmente romántica, tengo todas las papeletas para idealizar y colocar en el pedestal de mis ensoñaciones a gente con las que apenas cruzo una palabra. (Mi lado sarcástico está partido de la risa, las palabras cobarde y masoquista flotan en el aire delante de mí).

Sin embargo, las monótonas rutinas no lo son tanto cuando está el aliciente de echar una mirada furtiva a la persona idealizada. Y aún mejor, cuando se sueña que es dicha persona la que descubre maravillada la fascinante personalidad que escondemos tras la máscara de fingida indiferencia. Todo es mucho más llevadero gracias a estos episodios, por supuesto absolutamente inconfesables a los amigos, siempre tan bien dispuestos a la indiscreción.

Pero tengo que admitir que el “platonismo” también cansa. La risa que ha salido de la boca de ese ser perfecto hoy… Esa risa tan vulgar  que destrozaría cualquier escena de idílica felicidad. La voy a  atesorar en mis recuerdos porque sé que es el antídoto que pondrá fin a la historia.